top of page

¿Por qué la educación musical todavía no sabe enseñar a escuchar?

  • Foto del escritor: Vicente Sierra
    Vicente Sierra
  • 2 ago
  • 3 min de lectura
A man immersed in music, wearing headphones with cosmic patterns, visualizes flowing musical notes and symbols, highlighting the harmonious blend of sound and imagination.
A man immersed in music, wearing headphones with cosmic patterns, visualizes flowing musical notes and symbols, highlighting the harmonious blend of sound and imagination.

"Escuchar parece la acción más sencilla del mundo. Lo hacemos desde que nacemos. Escuchamos conversaciones, el sonido de la lluvia, el tráfico, una melodía en la radio o la música que acompaña una película. Sin embargo, cuando hablamos de educación musical, rara vez nos detenemos a preguntarnos una cuestión aparentemente simple: ¿qué significa realmente escuchar música?


A primera vista la respuesta parece evidente. Escuchar sería prestar atención a los sonidos, reconocer melodías, identificar instrumentos o seguir un ritmo. Pero basta con profundizar un poco para descubrir que la realidad es mucho más compleja. Escuchar música implica organizar la información sonora, anticipar lo que va a suceder, relacionar lo que oímos con experiencias previas, construir significado, activar emociones e interpretar aquello que percibimos desde nuestra propia cultura y nuestra historia personal.


En otras palabras, escuchar música no es un acto pasivo. Es un proceso extraordinariamente complejo.


Paradójicamente, mientras la investigación científica ha dedicado décadas a estudiar cómo comprendemos la música, la educación musical ha centrado gran parte de sus esfuerzos en enseñar a interpretar, cantar, tocar un instrumento, leer partituras o crear música. Son objetivos imprescindibles. Sin embargo, existe una pregunta que todavía permanece sorprendentemente abierta:


¿Estamos enseñando realmente a comprender aquello que escuchamos?


Esta cuestión no pretende cuestionar las metodologías que durante décadas han enriquecido la enseñanza musical. Muy al contrario. Métodos como Kodály, Dalcroze, Orff o Gordon han transformado profundamente la manera de aprender música y siguen siendo referentes internacionales. El problema no reside en ellos. El problema aparece cuando observamos el conjunto del panorama educativo.


Cada una de estas propuestas desarrolla aspectos extraordinariamente valiosos de la experiencia musical. Algunas ponen el énfasis en el cuerpo y el movimiento; otras en la audiación, la creatividad, la improvisación o la práctica colectiva. Sin embargo, cuando intentamos responder a una pregunta aparentemente sencilla —¿qué es comprender auditivamente la música?— descubrimos que no existe una respuesta única.


La investigación ofrece una enorme cantidad de conocimientos. La psicología explica cómo organizamos mentalmente las estructuras musicales. La neurociencia muestra cómo el cerebro integra percepción, emoción y memoria. La sociología analiza la música como una práctica cultural. La filosofía reflexiona sobre su capacidad simbólica. La pedagogía propone múltiples formas de acercarla al alumnado.


El problema es que todas estas explicaciones conviven casi como si pertenecieran a mundos diferentes.


Cada disciplina aporta una pieza del puzle.


Pero nadie parece haber construido todavía la imagen completa.


Esta situación tiene consecuencias mucho más importantes de lo que podría parecer. Cuando una disciplina carece de un marco integrador, la práctica educativa suele reproducir esa misma fragmentación. Enseñamos a discriminar intervalos, a reconocer formas musicales, a improvisar, a interpretar o a analizar obras. Todas estas actividades son valiosas. Sin embargo, con demasiada frecuencia aparecen desconectadas entre sí, como si cada una desarrollara una habilidad independiente.


El resultado es que muchos estudiantes aprenden numerosas competencias musicales sin llegar a construir una comprensión profunda de la música como fenómeno integrado.


Quizá por eso seguimos hablando de la escucha como si fuera una capacidad evidente, cuando en realidad constituye uno de los procesos cognitivos, culturales y emocionales más sofisticados que desarrolla el ser humano.


Durante mucho tiempo hemos asumido que escuchar era el punto de partida de la educación musical. Tal vez ha llegado el momento de considerar que, en realidad, debería ser uno de sus principales objetivos.


Porque enseñar música no consiste únicamente en enseñar a interpretar una obra o reconocer una estructura armónica. También significa ayudar a las personas a comprender por qué la música adquiere significado, cómo construimos ese significado mientras escuchamos y de qué manera esa comprensión transforma nuestra relación con el mundo sonoro.


Quizá la innovación que necesita la educación musical no pase por inventar una nueva metodología.


Tal vez el verdadero reto consista en conectar todo lo que ya sabemos.


Y esa es precisamente la pregunta que dará sentido a esta serie de artículos.


En las próximas semanas exploraremos qué sucede realmente cuando escuchamos música, qué nos dice la ciencia sobre este proceso y por qué comprender la escucha puede convertirse en una de las grandes transformaciones de la educación musical del siglo XXI.


Porque antes de enseñar mejor la música, quizá debamos aprender a comprender mejor cómo la escuchamos.

Para seguir reflexionando

Si un alumno puede tocar correctamente una obra, pero no es capaz de explicar qué comprende de ella mientras la escucha, ¿podemos afirmar que ha desarrollado una comprensión musical profunda?

La respuesta a esta pregunta puede cambiar nuestra manera de entender la educación musical.

En el próximo artículo


¿Escuchar música es lo mismo que oír? La diferencia que nuestro cerebro establece antes incluso de que seamos conscientes de ella.



Comentarios


  • Facebook
  • Linkedin
  • X

© 2023 por VICENTE SIERRA. Orgullosamente creado con  Wix.com

bottom of page